Miikka Anttonen Vol.1: Los primeros años y mis comienzos en el (ES)

Descubrí el juego cuando tenía unos 10 años. Mi por entonces mejor amigo había hecho algunas apuestas deportivas con su padre y había ganado unos $5. La idea de poder ganar dinero con apuestas deportivas y añadir emoción a ver el fútbol apostando la paga a nuestro equipo favorito, era brutal. Por aquel entonces la legislación en Finlandia sobre el juego prácticamente no existía, un niño podía sin ningún problema hacer apuestas y jugar a las máquinas tragamonedas.

Me tomé muy en serio las apuestas deportivas desde el principio y desde los 10 hasta los 15 años obtuve algunas ganancias bastante impresionantes para alguien de esa edad. Cuando tenía 11 o 12 años gané $10K en una apuesta de fútbol y a los 14 ya había conseguido al menos tres cifras como esa. Convertidas al valor del dólar de hoy en día, eran de $10K o más cada una. Recuerdo tener la pared llena de post-it amarillos con los equipos a los que apostaba. Esto fue antes de que internet fuera accesible para todos en Finlandia y el único acceso que tenía era en la biblioteca pública. Después del colegio me pasaba al menos una hora allí, intentando obtener información actualizada sobre los equipos a los que quería apostar. Escribía notas sin parar sobre cualquier cosa que me pudiera dar una pequeña ventaja contra los corredores de apuestas, como por ejemplo si un jugador sufría una lesión. Generalmente hacía apuestas de fútbol y hockey sobre hielo, ya que prácticamente eran los únicos deportes a los que podías apostar con los corredores de apuestas offline.

A los 12 años empezó a interesarme el análisis de probabilidades. Durante mis primeros años como apostante, simplemente apostaba a lo loco, dependiendo de mi equipo favorito y cosas así. Recuerdo que incluso cuando era más joven ya tenía ganas de analizar, pero no sabía cómo hacerlo. Cuando cumplí los 12 le pedí a mi madre que me regalase un libro escrito por un jugador profesional y lo estudié religiosamente. A pesar de no tener nada de talento para las matemáticas, pude comprender la mayor parte del libro y cambié mis estrategias. Cuando echo la vista atrás, está claro que mis apuestas eran –EV por aquel entonces (lo que no debería sorprender de un niño de 12 años). No tengo registros de las cuentas de esa época, pero antes de llegar a los 15 ya había conseguido ganar una cantidad alta de 5 cifras.

Si bien podía ser analítico en las apuestas deportivas y conseguía tomar relativamente buenas decisiones sobre mis apuestas la mayor parte del tiempo, era un verdadero desastre con otras formas de juego. El principal problema eran las máquinas tragamonedas. Ay, las máquinas tragamonedas… Eran y siguen siendo un gran problema en Finlandia para muchos niños. Básicamente cualquier niño de 10 años puede jugar, ya que las colocan en centros comerciales, cafeterías y restaurantes sin demasiada vigilancia.

Cuando comencé el instituto, me fundía todo mi dinero en máquinas tragamonedas. Conseguí un trabajo como repartidor de periódicos y me gastaba todo el sueldo en las máquinas. Cada vez que ganaba algo con las apuestas, me lo gastaba en las máquinas, sin importar la cantidad que fuera. Recuerdo una vez gané $10K y lo perdí todo en las máquinas tragamonedas con una apuesta máxima de $1 en menos de una semana. Solía saltarme las clases, ir al supermercado más cercano en cuanto abría a las 8 de la mañana y grindear simultáneamente las 5 máquinas tragamonedas que estaban una al lado de la otra.

Estaba tan enganchado que solo recordarlo ahora hace que me entren ganas de vomitar. Vengo de una familia realmente humilde, pero a pesar de ello mi madre soltera, siempre me recompensaba cada vez que hacía algo bien. Sabía cuánto me gustaba el dinero, incluso desde bien pequeño (no tenía ni idea sobre el alcance de mi negocio de apuestas ya que siempre lo ocultaba, pero a menudo hablaba sobre valor esperado y cosas así). Ella creía que para animarme a centrarme en el colegio, la mejor forma de conseguirlo era dándome dinero a cambio de mis buenas notas. Siempre tenía buenas notas cuando quería y siempre me recompensaba. Me pone enfermo pensar que me gasté todo ese dinero en las máquinas. Calculo que antes de los 18 (que era la edad legal por aquel entonces para máquinas tragamonedas y juegos de casino en Finlandia) ya había perdido más de $30K en las máquinas.

A los 16 o 17 conseguí un trabajo en McDonald’s. Al principio iba a ser un trabajo eventual por las tardes, pero acabé trabajando a tiempo completo y dejando el instituto. Por aquel entonces estaba realmente aburrido en el instituto. No tenía ni idea de qué hacer con mi vida cuando fuera mayor, lo único que tenía claro es que quería viajar. Decidí ahorrar tanto dinero como pudiera para dar la vuelta al mundo cuando cumpliera los 18.

Solo se interponía una cosa entre mis planes de viaje y yo: el juego. Había desarrollado una adicción al juego tan grande que estaba casi perdido. No podía hablarlo con nadie. Si se lo decía a mi madre me crucificaría al enterarse de las cantidades de dinero que había perdido y tenía demasiada vergüenza para pedir ayuda profesional. Había intentado dejar las máquinas muchas veces, pero nunca conseguía pasar más de una semana. Soñaba con las máquinas, me encantaba todo lo relacionado con ellas. Y, en mi círculo de amigos, me conocían como el tipo heroico que siempre tenía dinero y siempre grindeaba las máquinas. Toda esa atención que recibía me hacía sentirme bien conmigo mismo. Por aquel entonces tenía algo de sobrepeso, mi autoestima era bastante baja, así que prácticamente cualquier migaja de atención conseguía que hiciera lo que ellos quisieran.

Pero esta vez estaba convencido. Contemplaba mi vida y me asqueaba. Miraba hacia el futuro y lo veía oscuro. Había dejado el instituto y trabajaba en McDonald’s… A pesar de esa situación, algo dentro de mí me ayudó a pensar en positivo y a dar el paso para comenzar el lento y doloroso cambio.

No fue nada fácil. Decidí salir de mi círculo de mis amigos gamblers. Fue duro, porque a pesar de que la mayoría de ellos eran simplemente gente con la que estaba porque no tenía a nadie mejor con quien pasar el tiempo, significó reducir casi completamente mi vida social. Sabía que al principio, no sería lo suficientemente fuerte como para evitar la tentación de las máquinas tragamonedas si las veía, así que no me permití ir a ningún sitio donde pudiera haberlas. Hasta hice que me pillaran robando a propósito en el local de juegos y apuestas más cercano a casa para que no me permitieran la entrada nunca más. Durante el primer mes, me negué a entrar en ninguna tienda que tuviera máquinas. También dejé las apuestas por completo, porque me parecía que tenía que alejarme del todo del mundo del juego.

Milagrosamente, funcionó. Hice muchos nuevos amigos en mi trabajo en McDonald’s y empecé a disfrutarlo. Por aquel entonces descubrí el alcohol y definitivamente estar de fiesta ayudaba a no pensar en el juego. Tener que interactuar con desconocidos día tras día en el trabajo me ayudó mucho con mis habilidades sociales. Al mismo tiempo empecé a ir al gimnasio para adelgazar y eso, definitivamente, me ayudó con las chicas. Pronto, ya ni echaba de menos el juego. Me pasaba los días de la semana trabajando y los fines de semana saliendo de fiesta. Si bien no conseguía ahorrar tanto como había planeado, estaba contento con mi vida. Y casi inmediatamente, en cuanto cumplí los 18, empecé a viajar. Conseguía vuelos baratos online y me iba de viajes de 3 a 5 días por Europa. Londres, Reikiavik, Golden Sands, Barcelona.

Pronto conseguí mi primera novia en serio. Estuvimos juntos durante un año y medio. Tenía unos valores muy estrictos, casi puritanos, con respecto al juego y estar con ella facilitó que no volviese a las máquinas ni a las apuestas. Cuando nuestra relación tocó fondo (principalmente porque yo salía de fiesta demasiado y ella quería empezar ya una familia), decidí irme a Australia. Tenía a un amigo allí que se había ido de vacaciones a trabajar y me pareció el momento perfecto, así que tomé una decisión impulsiva, dejé mi trabajo en el Mac, reservé el vuelo y lo dejé todo en un abrir y cerrar de ojos.

La idea era quedarme un par de semanas, al menos eso es lo que le había dicho a todo el mundo, aunque creo que en el fondo sabía que no volvería tan pronto. Y así fue. Tardé menos de dos días en enamorarme de Down Under. Me fui a Nueva Zelanda durante una semana para poder empezar el proceso del visado (no puedes solicitar una visa de trabajo si estás en el país), conseguí mi visado de trabajo para vacaciones y me contrataron en una tienda de chocolate. Mi vida era genial.

Desde Sídney, la ciudad se preparaba para la celebración del Día de Australia

Después de 6 meses en Australia, ya tenía claro que me quería quedar allí. Había hecho montones de amigos y unos que iban a la universidad me ayudaron con todo el lío para conseguir un visado de estudiante. Estaba decidido a ir a la Universidad MacQuarie de Sídney para estudiar producción de cine. Si había algo que siempre me había interesado además del juego, era escribir y el cine. Quería ser escritor profesional y MacQuarie parecía el sitio perfecto para mí. Algunos de mis amigos estaban estudiando ese curso y a todos les gustaba un montón. Me encantaban las series de televisión de Australia, como Summer Heights y The Chaser’s War On Everything. Tenía un objetivo en la vida y era escribir el guion de una serie, preferiblemente una sátira política.

Aunque tenía mis planes muy claros, tardé casi un año entero en empezar en MacQuarie. Ahora que lo pienso, mis planes eran muy ingenuos y hacían aguas por todas partes, pero de todas formas decidí viajar por Australia antes de convertirme en un estudiante a tiempo completo. Unos amigos me presentaron a un par de chicas finlandesas que habían oído hablar de un trabajo en una granja en el “norte profundo” (¿sabes cómo los norteamericanos se refieren a Luisiana en la serie True Blood como el sur profundo? Pues ese lugar era el equivalente australiano pero con cocodrilos y paletos). Decidí unirme y en menos de dos semanas estábamos todos trabajando en una granja criadero de gambas en medio de ninguna parte. El pueblo estaba a unos 80 kilómetros de la ciudad más cercana y debía de tener como 100 habitantes.

Vivíamos en una caravana, las dos chicas y yo. El criadero tenía unos 10 metros cuadrados, lleno de hormigas y lagartijas. Me encontraba hormigas en la almohada todas las noches. Hacía tanto calor y había tanta humedad que la comida se pudría en un par de horas. Vivíamos a base de pasta instantánea, ya que no había tiendas donde comprar comida. La única opción eran las gambas. Nos pagaban muy bien, lo que hizo que nos quedáramos (si no recuerdo mal) unos tres o cuatro meses. Creo que recibíamos $20/hora, el salario más alto que había conseguido hasta entonces. Crystal Bay Seafarm era el mayor productor de gambas del país y había trabajo más que de sobra. Trabajábamos de cinco a seis días por semana, 12 horas al día. Mi plan era ahorrar mucho dinero para poder seguir viajando el resto del año sin tener que trabajar.

Una cálida noche de septiembre todo cambió. Terminamos de trabajar a las 6 de la tarde como siempre. Justo cuando me iba a subir a la camioneta para volver a la caravana, un compañero me preguntó que si me gustaría unirme a él y otros chicos para una noche de poker. Dijo que iban a jugar un torneo con una cuota de entrada de $20 y que me enseñarían las reglas. Nunca había oído hablar del Texas Hold’em. Había jugado al draw poker un par de veces de niño, pero nada más. Pensé que era muy probable que perdiese los $20, pero estaba ganando $1000 por semana y los fines de semana en Seafarm eran horribles porque no había nada que hacer. Tardé 0,5 segundos en decir que sí.

El torneo era fuera del parque de caravanas. Recuerdo que me picaban los mosquitos todo el tiempo como siempre. Éramos 8 tíos jugando y yo era el único que no conocía las reglas, así que decidimos que simplemente mirase el primer torneo (un Sit and Go). Dijeron que duraría una hora como máximo y que podría jugar el segundo.

Recuerdo perfectamente aquel primer Sit and Go que vi, miraba las caras de cada uno, cómo cambiaban sus gestos al ver su mano dependiendo de si era buena o no. No sabía nada sobre estrategia de poker, pero tenía la sensación de que podía ver claramente quién era bueno y quién no. Recuerdo especialmente a uno de ellos, algo mayor que los demás. Era el único cuya cara no conseguía leer. Por lo visto era el que siempre ganaba todas las partidas. Y también ganó el torneo.

Jugué el siguiente. Puse mis $20 en la mesa. Era un billete nuevo, reluciente, ya que nos pagaban todos los viernes en metálico. Era un torneo winner-take-all donde el ganador se lo llevaba todo. Sabía que el color era mejor que la escalera, pero no tenía ni idea de los valores de las manos. No sabía que una pareja de cincos en un board de AdKdQdJd3s no era necesariamente una mano ganadora. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Pero de alguna forma, con una suerte increíble, gané el torneo. Me llevé $140, y me pareció una cantidad enorme en aquel momento.

Fue el último torneo que jugué en Seafarm. Menos de una semana más tarde dejé mi trabajo. Creía que tenía un talento natural para el juego, que era un dios del poker y que tendría un futuro brillante en las mesas. Conté los ahorros que escondía dentro de la almohada, unos $3K. Le pregunté a mi jefe dónde estaba el casino más cercano. Dijo que a 650 kilómetros al sur. Trabajé cinco días más, porque el autobús hasta Townsville (la ciudad más cercana) solo paraba en Seafarm una vez por semana. Después le di las gracias a mi jefe por todo, hice las maletas y me fui.

Si hubiera sabido que menos de dos meses después estaría viviendo en las calles y con solo un billete de $20 en el bolsillo, me habría quedado y me habría olvidado del poker para siempre. Ha sido un viaje largo y lleno de baches, pero me alegro de haberlo hecho.